domingo, 16 de septiembre de 2007

A. Reconciliación 1 (Álvaro y Bea)

Escenario: Álvaro ha madurado, ya ha dejado de hacer las tonterías de siempre, ya no hace caso de las ideas peregrinas de Gonzalo que tanto mal les han hecho a todos. A Bea la ha dado definitivamente por perdida sí que se ha dedicado a la otra cosa que más le importa, la empresa. Se ha convertido en un hombre con un aspecto un poco más serio, ha perdido su apariencia de niño pijo.
Después de meses de pelea, Bea y él tienen una relación de trabajo que si no cordial, al menos es civilizada. Después del cambio de Álvaro, que ha demostrado que quiere lo mismo que ella, el bien de la revista, Bea piensa que es mejor colaborar los dos que andar tirándose los trastos todo el día. Al menos es un alivio porque la situación había llegado a un punto de extrema tensión que estaba acabando con sus fuerzas.
Sandra/Sonso está muy "entretenida" dándole su merecido a "Gonzalito", que bien merecido se lo tiene.
Bea sale con otro hombre, Javier, es un hombre muy agradable, divertido, cariñoso,… un encanto. Pero a veces no puede evitar la comparación, eran mucho más ardientes los besos y el amor "fingidos" de Álvaro...
A lo mejor la culpa no es de Javier, piensa, a lo mejor la culpa es de ella que no ha logrado quitarse de la cabeza a su ex. Ya está cansada de darle vueltas a todo, deshecha la idea y se centra en una reunión que están planificando con la sociedad dueña del balneario más famoso del país, famosísimo por sus aguas termales, ya utilizadas en tiempo de los romanos, les ha ofrecido un reportaje de sus instalaciones, pero a Bea le recuerda demasiado a su viaje en Oropesa.
Álvaro opina que deberían aprovechar la ocasión, podrían obtener buenos beneficios, pero Bea no para de dudar.
Bea le pide a Sandra que vaya con ella, pero Sandra le dice que demasiada calma para ella, se vislumbra poca diversión, le propone que se lleve a “Alvarito”, con su encanto puede convencer a cualquiera. Ya, piensa Bea, razón no le falta. Bea suspira, en fin, Álvaro “parece” haber cambiado.
Tras la reunión, una cena de negocios con los dueños del balneario, a Bea no le hace mucha gracia, pero no se puede negar.
Mientras se viste en su cuarto, desecha la idea de ponerse el vestido que le regaló Sandra para “una ocasión especial”, y que aún no sabe porqué metió en la maleta. Se pone otro vestido.
Bea se dirige al restaurante, allí le esperan todos, Álvaro le retira la silla mientras piensa que está preciosa, como siempre aunque, él echa de menos a “su niña”, pero, ahora, está preciosa, entiende que Javier esté loco por ella, tanto como él lo había estado… tanto como…, mejor no pensar.
Bea no sabe porqué, pero está nerviosa, se toma una copa de vino con la cena para no pensar, no debería, el alcohol le sienta fatal. No debería haber venido con Álvaro, que le ha prodigado una de sus sonrisas al llegar, ya no le odia, pero no sabe si en el fondo aún le ama…
Acaba la cena y Álvaro acompaña a Bea a su habitación, en un acto involuntario se acerca a ella, huele su pelo y le susurra “Bea”. Bea se da la vuelta y le lanza una mirada enfadada. Álvaro simplemente dice “buenas noches” y se va a su habitación, no ha podido evitarlo, pero esa mirada de ella ha sido demasiado expresiva.

Bea está en su habitación, quitándose el maquillaje y no para de pensar, enfadada por la osadía de Álvaro. Creía que ya había dejado ese juego además, ¿es que no sabe que ella sale con otro hombre, un hombre de verdad y no un niñato embustero?. Se suelta el recogido y cada vez que lo piensa se enfada más, nada le da derecho a acercarse así y sobretodo, a susurrarle “Bea” de esa forma, como si aún hubiera algo entre ellos. No piensa volver a los juegos de siempre, y se lo va a dejar muy claro ahora mismo.

Álvaro está en su habitación, escribiendo en su diario, se lo ha llevado con él porque auguraba que el viaje iba a ser un poco duro y necesitaba desahogarse escribiendo.
Tocan a la puerta, Álvaro levanta la mirada, cierra el diario, lo deja encima del escritorio y se dirige a abrir la puerta, para encontrar a Bea, con el pelo suelto y cara de enfado. Álvaro la invita a pasar, a Bea no le apetece ni un poco, pero están en un hotel y no quiere montar un espectáculo en el pasillo. Da un par de pasos, pero se queda cerca de la puerta. Bea le increpa por su comportamiento. Álvaro le dice que lo siente, que ha sido un impulso y que intentará que no vuelva a pasar. Bea dista mucho de calmarse, parece un tanto alterada. Álvaro le dice que se tranquilice y va al baño a por un vaso de agua que ofrecerle.
Después de unos meses de relativa calma, él tampoco quiere volver a este tipo de escenas, estaba intentando retomar su vida. Bea fija su mirada sobre el escritorio y ve el diario. Ella esperaba que después de todo habría cambiado y no tendría la poca vergüenza de volver a ese tipo de jugarretas. Coge el diario con ganas de estampárselo en la cara, se da la media vuelta y sale de la habitación, con el diario en la mano.
Entra en su habitación y arroja el diario encima del escritorio con enfado. ¡El muy canalla!.
Álvaro vuelve con el vaso de agua, “ella se ha ido, quizás sea mejor así”
Ambos se acuestan, pero no pegan demasiado ojo en toda la noche
A la mañana siguiente, a la hora de dejar el hotel Álvaro no encuentra su diario. Por su parte, Bea piensa en romperlo, pero el hotel no es sitio ni hay tiempo, lo mete en su maleta e intenta olvidarse de él. Aún no lo ha abierto.
A la hora de dejar el hotel, Álvaro comunica en recepción que ha perdido un objeto personal de gran importancia para él y les ruega que se comuniquen con él si lo encuentran. Bea no puede reprimir una sonrisa, el muy hipócrita, un objeto personal de “gran importancia”. A la hora de describir el objeto Álvaro lo hace de forma que Bea no se entere de que lo que ha perdido es el diario que ella le regaló por San Valentín.

De vuelta a la oficina, Álvaro se comunica con el hotel interesándose por si han encontrado el libro que ha extraviado. Bea lo escucha y vuelve a hacer la misma mueca que en la recepción del hotel.
Ella dejó el diario en el baúl de su habitación, junto a su pijama rojo de ositos, y no ha vuelto a mirarlo. Pero esa noche se levanta y se pone a ojear el diario y ve con asombro que el diario está prácticamente lleno. No puede evitar empezar a leerlo, aunque no quisiera hacerlo, pero no puede creer que él haya tenido el valor de escribir en él toda esa sarta de mentiras.
Al día siguiente, Bea no está muy concentrada en la oficina, lo que ha leído en el diario la tiene un tanto desconcertada, pero mejor se olvida y se centra en el trabajo. Hace propósito de no leer nada más, pero esa noche, como hipnotizada, comienza de nuevo a leer el diario.
Por su parte Álvaro parece un tanto abatido con la pérdida de su “libro” y llama de nuevo al hotel.
Ante la lectura del diario, Bea no sabe si estar furiosa y montarle una a Álvaro por mentiroso, le ha dado demasiadas oportunidades y ha acabado echándolas a perder siempre o creer lo que pone allí.

Al día siguiente vea está todavía más nerviosa. Sandra le pregunta “¿qué te pasa?, parece que estás encima de un hormiguero.” Bea le dice que Javier vuelve esa noche de viaje y está deseando verlo. Sandra se ríe y le dice con un guiño “creo que ya es hora de que estrenes el modelito que te regalé”.
Bea le sonríe tímidamente, Javier es un hombre encantador, han quedado para cenar, a lo mejor Sandra tiene razón y es hora de ponerse el vestido que le regaló, uno por el que las mismísimas Cayetana o Barbie “Cerebro de Guisante” matarían por lucir, piensa Bea con una sonrisa de ironía.

Bea cena con Javier. La velada debería haber sido maravillosa, pero Bea no puede evitar estar un poco ausente. Javier le pregunta que le pasa, y Bea, con una sonrisa intenta sonar lo más convincente posible cuando le dice que no le pasa nada, simplemente tiene demasiados problemas en la oficina y está un poco cansada, pero tenía tantas ganas de verlo que no le había importado el cansancio no importa. En parte le está diciendo la verdad, tenía muchas ganas de verlo.

Bea acompaña a Javier a su hotel, se dan un apasionado beso, pero Bea le dice que él también estará cansado por el viaje y prefiere verle mañana. Javier le hace prometer que comerán juntos al día siguiente y se besan de nuevo. Javier le susurra al oído “te quiero, te he echado mucho de menos”. Bea le sonríe con un “y yo a ti”, vuelve a ser sincera, le ha echado mucho de menos, aún así, el famoso diario no la deja pensar con claridad. ¡Maldita la hora en la que se le ocurrió regalar el diario a Álvaro! ¿Cuántas veces tendrá que arrepentirse por ello?”.
Se dirige hacia su casa, ella, que había puesto tanta ilusión en el reencuentro con Javier y todo estropeado por Álvaro, siempre por Álvaro. No sabe con cuál de los dos está más enfadada, si con Álvaro o con ella misma. Llega a su casa, saca del diario del baúl y lee lo último que ha escrito Álvaro: “No he podido evitarlo Bea, me moría por oler tu pelo de nuevo. Pero tu mirada ha bastado para decirme que no soportas el más leve roce conmigo. Echo de menos cuando te tenía en mis brazos y tus miradas eran otras.”
¡La gota que colma el vaso! Ahora mismo me voy a su casa a tirarle el maldito diario a la cabeza y a dejar las cosas claras otra vez más y espero que comprenda que esta es la última vez que se lo repito.

Álvaro está dando vueltas en su casa como un gato enjaulado. Sabe que ella ha quedado con Javier para cenar, se la veía ilusionada con la cita y ya se imagina Bea en los brazos de Javier susurrándole que la quiere. Le está bien empleado por idiota, por mentiroso, por sinvergüenza.

Bea piensa en el pobre Javier, ella había preparado la cena con toda su ilusión, había esperado que todo fuese perfecto, pasar la noche en sus brazos… y no tener que acabar discutiendo con Álvaro, estaba claro que ese no era su plan.

Mientras, en su casa, Álvaro intenta calmarse dándose una ducha.

Bea llega a casa de Álvaro, pero Álvaro, en la ducha, parece no oír el timbre.
Bea piensa en marcharse, “seguramente está con alguno de sus líos”, se da la media vuelta y da un par de pasos, pero duda “prefiero verlo con mis ojos y así le quito la careta de una vez por todas”. Vuelve sobre sus pasos y vuelve a tocar de nuevo el timbre. Espera unos segundos. Piensa de nuevo “es inútil, estará muy ‘ocupado’ para oír el timbre”. Se da de nuevo la media vuelta, da un paso, pero en ese momento Álvaro abre la puerta cubierto con un albornoz. A Álvaro le parece una aparición y pregunta: “¿Bea?”. No puede ser ella, él sabe que está con Javier, estará entre sus brazos y no en su puerta. Seguramente se ha quedado dormido y ha vuelto a soñar con ella. “¿Bea?”, pregunta de nuevo. Bea se da la vuelta y le mira con cara de pocos amigos. Álvaro piensa “es ella, y está aquí” Se acerca a ella, coge su cara entre sus manos, le susurra “Bea” y le da un beso. Bea está como paralizada, había Bea pensado estamparle el diario en su cara y en lugar de eso está allí sin poder moverse, cierra los ojos y recuerda algo que le dijo Álvaro en una de sus encerronas en el ascensor: “Bea, hay cosas que no se pueden fingir”, Bea responde al beso. Estaba claro no podía pasar la noche con Javier, le quiere, pero no siente el torbellino que sentía cuando estaba con Álvaro, aunque de aquello parece que hayan pasado mil años.

En su cabeza resuenan las palabras: “Bea, hay cosas que no se pueden fingir”. Bea recuerda la primera noche que pasaron juntos, la preocupación de él cuando abrió la puerta y la encontró allí, su cara, su voz, sus palabras olvidadas pidiéndola perdón, mostrando arrepentimiento, no entendía porqué recordaba todo eso ahora. Además, todo lo que había leído en el diario, todo lo que allí le decía, era imposible que todo aquello lo hubiera fingido. Aquella primera noche no fue fingida, no podía ser fingida.
Bea se siente como si de nuevo fuera su primera noche juntos. No le hacen falta palabras, le basta con mirar los ojos de él, le dicen tantas cosas como su diario. Cierra de nuevo los ojos, se abraza a él y le susurra al oído: “llévame contigo”. Álvaro la besa, la coge en brazos y la vuelve a llevar a su cama, la cama de ambos, como aquella primera noche.

Álvaro se ha dormido, no resulta fácil escaparse de sus brazos. La noche ha sido muy intensa. Él le ha susurrado un montón de cosas al oído, le ha dicho que no quiere otro amanecer si ella a su lado, que esta vez no la iba a dejar escapar y debía de ser cierto porque no era nada fácil escaparse de su abrazo, incluso dormido.
Bea se levanta despacio y le mira. Recoge del suelo su vestido “para matar”, que está al lado del albornoz de Álvaro. Mira de nuevo a Álvaro y recuerda la noche de Logroño, aquella en la que Álvaro durmió en la misma cama sólo con un albornoz. Sonríe y le da un beso. Suspira, habían pasado un millón de años desde aquello, pero debe reconocer que echaba de menos verle dormir.
Sale con cuidado de la habitación, de puntillas y con los zapatos de tacón en la mano. Coge su (maravilloso) abrigo del suelo del salón, el bolso y de repente se acuerda del diario. Lo saca con cuidado y lo pone en la estantería del salón, donde ella lo había dejado por última vez. Lo piensa, vuelve a cogerlo, lo abre, va a la última página y añade unas palabras: “y yo a ti”. (Son las mismas palabras que hace unas horas le dijo a Javier sobre que le había echado de menos, pero esas mismas palabras, para Álvaro, quieren decir mil cosas, mil sentimientos, mil recuerdos. )
Sale del apartamento, cerrando la puerta con cuidado para no hacer ruido, en la calle está amaneciendo, piensa, “hoy yo también me siento amanecer, de nuevo”.
Bea va a su casa, se quita el vestido se da una larga ducha, sí, ya sabe que hay que ahorrar agua, ella jamás la desperdicia, pero la ocasión se merece esa ducha lenta, simplemente dejando correr el agua sobre su cuerpo. Después de la ducha no queda tiempo, se viste y sale hacia el trabajo.
“Hay cosas que no cambian”, piensa, “con Álvaro nunca hubo manera de dormir demasiado” y sonríe.

Álvaro se despierta, Bea no está a su lado, ¿habrá sido un sueño? No, aún siente su aroma en la almohada. Quizás ella se ha arrepentido de esa noche juntos y por eso se ha marchado.

Bea llega a su despacho, encima de la mesa hay una rosa roja con una nota de Álvaro: “Buenos días, amor mío”. Bea huele la rosa y en ese momento entra Sandra. Sandra, la mira, sonríe y le dice “¡Hum! Ya veo que el modelito sirvió para una ocasión ‘especial’ ”. Bea lo niega débilmente. En ese momento entra Jota con un ramo de flores y Sandra suelta una carcajada: “No, ya veo que la ocasión fue ‘muy’ especial para merecer semejante despliegue”. Bea coge la nota, esta vez el ramo es de Javier, recordándola que han quedado para comer. Javier, no se había acordado de Javier. ¿Qué podría decirle?.
Sandra sale del despacho.
Álvaro se dirige hacia el despacho de Bea. Va decidido, tienen que hablar muchas cosas, quiere empezar de nuevo, y esta vez quiere hacerlo bien. Se le ocurre que pueden ir a comer al restaurante japonés que tanto le había gustado a ella. No sabe con qué cara le va a recibir Bea. Coge el pomo de la puerta y respira como cogiendo fuerzas para afrontar lo que le espera al otro lado de la puerta. Entra y le sonríe a Bea, ella le devuelve la sonrisa. “He pensado”, le dice suavemente él, “que podríamos comer en aquel restaurante japonés…”.
Bea niega con la cabeza, a los ojos de Álvaro asoma la tristeza, lo que él había pensado, ella se había arrepentido. En ese momento ve el ramo de Javier sobre una silla y comprende, mira a Bea a los ojos, no atreviéndose a preguntar. Bea vuelve a negar con la cabeza y le dice “no puedo, tengo que hacer algo”. Álvaro se acerca y le dice “lo comprendo, entonces, ¿cenamos?”. “No”, responde Bea, “déjame pensar las cosas con calma, mañana hablamos, de verdad”. Álvaro se acerca aún más y le dice casi en un susurro: “Bea, no quiero perderte de nuevo, esta vez estoy decidido a hacer bien las cosas”. Bea le responde, “lo sé, simplemente déjame algo de tiempo”.
Bea piensa que le espera un trago bastante amargo, para ella y para Javier, tiene que pensar que va a decirle y ahora su cabeza es un hervidero. “Álvaro”, le dice, “me gustaría que no comentáramos nada con nadie, ni siquiera con Sandra o Gonzalo” y bajando la voz añade “por favor”. Álvaro asienta con la cabeza, le susurra “te quiero” y sale de su despacho. Bea cierra sus ojos, casi había olvidado su olor a almendras tostadas, casi creía haber olvidado tantas cosas…

Bea enciende el ordenador y empieza a escribir en su blog.
“Una devoradora de lobos.

Queridos guaponatas,
(ha decidido que todos llevamos un guapo dentro y ha cambiado su dedicatoria)

Ayer pasaron muchas cosas, pero simplemente os contaré lo más importante. Ayer por la noche, después de una fallida velada con Javier, me dirigí hacia la cueva del lobo, con el dichoso diario que le regalé en su día, decidida a devorarle de una vez por todas, es decir, a cantarle las cuarenta, las ochenta y las ciento veinte. He de confesaros que realmente acabé devorando al lobo, pero de una forma bien distinta a mi intención inicial.
En vez de ir al Polo por él, a darle un palo en la cabeza a un cazador de focas y a comerme a un oso polar como os decía hace tiempo, el palo en la cabeza me lo he dado a mí misma para poder darme cuenta que todo lo que había leído en el diario estaba escrito con el corazón, y al que me comí no fue al oso, sino al lobo.
Comprendí que mi lobo particular me quería y, si sirve de justificación, cuando el lobo, a la par de feroz, es tan tierno y dulce como el mío, resulta un placer devorarle y dejarse devorar por él.
Aquella otra vez en su cueva, la de la encerrona de la cena con el falso inversor, os dije que ojalá ardiera en el infierno porque no pensaba volver a sentir sus manos en mi cuerpo. Bien, creo que ciertamente ha debido ir de visita al infierno porque siento mi piel completamente abrasada por sus besos y sus caricias.

Aunque, he de admitir, que lo más difícil de todo ha sido escaparme esta mañana de entre sus garras (brazos) ya que incluso dormido parecía bastante decidido a no dejarme escapar de nuevo, como me ha susurrado esta noche.

Os dejo, tengo tantas cosas en la cabeza, intentaré concentrarme en el trabajo, pero hoy lo veo bastante difícil.

Hasta mañana guaponautas.”



Bea llama a Javier para concretar la hora y el lugar donde van a comer.
¿Qué va a decirle? “Después de dejarte a ti, fui a discutir con mi ex, pero tuve que afrontar que era el hombre de mi vida y pasé la noche con él. Y aunque no sé si arrepentirme de ello, en esos momentos me hubiera quedado con él la noche, el día, la semana y la vida entera.” Va a ser que no, piensa, mientras pone una sonrisa de amargura.

Bea sale a comer, Álvaro y ella se miran, pero no se dicen nada.

Bea ha terminado su relación con Javier. Se siente fatal, ella siempre fue sincera con él, pero hay cosas inevitables, en este caso, hay “una” cosa inevitable, llamada Álvaro Aguilar.
Se siente extenuada, como si no tuviera fuerzas para nada, no puede ir a trabajar. Tiene demasiadas cosas que hablar con Álvaro y decididamente no puede hacerlo esta tarde. Llama al trabajo para decir que no se encuentra bien, es la 2ª vez que falta al trabajo desde que está en Bulevar, pero de las circunstancias de la primera vez (cuando lo descubrió todo) no quiere acordarse.
Se dirige a su casa, su padre le pregunta preocupado si se encuentra bien, ella le dice que no es nada, simplemente se encuentra agotada y necesita descansar un poco. Lo cierto es que los acontecimientos de los últimos días la han dejado sin fuerzas. Por un lado las dos noches prácticamente en vela leyendo el diario de Álvaro, leyendo todo lo que él le había escrito. Lo sucedido la noche pasada, el encontrarse de nuevo ante la puerta de Álvaro, entender que todo lo que había leído en el diario era cierto, la noche a su lado… No podía volver directamente a sus brazos como si no hubiera pasado nada, como si todos los meses anteriores hubieran sido una pesadilla y se acabara de despertar en el cobertizo con él. Tendría que hacérselo entender.

Álvaro, en su despacho, no para de pensar. Sospecha que Bea puede estar arrepentida de haber pasado la noche con él. Entonces recuerda la noche de la tormenta, en la que ella también apareció en su puerta cuando creía que la había perdido, ojalá pudiera dar marcha atrás en el tiempo y empezar de nuevo. Ahora que había vuelto a tenerla entre sus brazos, tras haberlo dado todo por perdido, no podía dejarla marchar de nuevo.
Coge el móvil, duda en mandarle o no un mensaje a Bea, lo suelta y lo vuelve a coger. Finalmente le manda un mensaje.

Bea en su habitación, se tumba vestida encima de la cama y cierra los ojos. En ese momento suena en el móvil la llegada de un mensaje. Lo mira, es de Álvaro, diciéndole que la quiere.
“Y yo a ti, pero” piensa Bea “necesito tiempo”. Deja el móvil sin contestar al mensaje.
La noche pasada no le dijo que le quería, anoche sobraban las palabras, y esta mañana tampoco.
Sólo le devolvió su diario con las palabras “Y yo a ti”, el “y yo a ti” de la noche en el cobertizo cuando él le dijo que la quería con toda el alma, lo mismo que le ha dicho en cada una de las hojas del diario.
Cierra de nuevo los ojos y se duerme.

Bea se levanta al día siguiente, Álvaro y ella tienen que hablar.
A su llegada al despacho, esta mañana no hay una rosa encima de la mesa, el que está sentado en la mesa es el propio Álvaro, esperándola de forma impaciente, se levanta al verla, la abraza le da los buenos días con un beso.
Bea se separa de él lentamente y le dice: “Álvaro, me gustaría que mantuviéramos las formas en el trabajo”. La mirada de él muestra dolor, lo que se temía.
Ella se acuerda de cuando era él quien le pedía que mantuvieran las formas.
Álvaro se acerca de nuevo a ella y le coge la mano: “Bea, tenemos que hablar”. Bea, la retira suavemente, asienta con la cabeza y le dice “lo sé, pero aquí no, por favor”.
Álvaro le responde: “cuando tú quieras”, se dirige hacia la puerta, al llegar a ella se da la vuelta y añade “hoy tenemos una comida con Teófilo Martín, Sandra no puede acudir así que me ha pedido que vayamos nosotros dos ” y sale del despacho.
Bea mira durante unos instantes la puerta del despacho.

Al llegar al restaurante Don Teófilo les comunica que lamentablemente llegará un poco más tarde y les ruega que le esperen.
Mientras ambos esperan, Álvaro le coge la mano a Bea por encima de la mesa: “Bea, sólo te pido otra oportunidad para demostrarte que te quiero y que he cambiado”.
Bea le replica: “lo sé, Álvaro”.
Álvaro le pregunta: “Bea, ¿quiere eso decir que me das otra oportunidad?
Bea asiente con la cabeza.
En ese momento llega Teófilo Martín (TM) y desde una distancia de unos metros ve como Álvaro aprieta la mano de Bea y la forma en la que la mira, que no da lugar a dudas sobre sus sentimientos hacia ella. TM se acerca a la mesa y Álvaro suelta la mano de Bea.
En la comida tratan la ampliación de contrato de TMNet con Bulevar 21 a la edición online de Bulevar. TM amplía su contrato con Bulevar 21 online, pero impone una de sus “condiciones”: que le inviten a la boda cuando esta se celebre. Ambos le miran con asombro y van a replicarle que está en un error, pero TM les hace un gesto y añade: “sólo les ruego que me lo notifiquen con antelación para adecuar mi agenda”.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

uau!!! Esta historita es buenisima!! te felicito!!!

Una Feonauta mas

Mery

PD:no entiendo como en le blog de bea no t las pusieron..

Andie dijo...

Hola!

Enhorabuena por tus historias. No me conoces, pero vengo leyendo todo lo que escribes desde que comenzaste a publicarlo en el blog de bea ... ¡y eso que a mí no me gustaban las historias románticas!

Pues nada, chica sigue así. Serán historietas rosa fucsia integral, como dices tú, pero a mí me encantan.

Besos.

Andie.

Anónimo dijo...

Hola Katha,

Esta reconciliación,para mí es la mejor.
¡QUE IMAGINACIÓN LA TUYA!.

Anda y sigue divirtiendote, y divirtiendo a las demás.

B13

Rosa.s dijo...

He vuelto a reeler las reconciliaciones de alvaro-Bea: me encantan.
Creo que las he leido por lo menos 3-4veces.
Me distrae mucho.

Muchos besos Katha.
Rosa.s