viernes, 23 de noviembre de 2007

12. Sin normas

La cena con ella, como siempre, excepcional. Al salir del restaurante, le propuso tomar algo.
Carla le miró: "Diego, ¿no estás agotado después de la montería? ¿No sería mejor que nos retiráramos?"
Sí, estaba cansado pero, le habían incomodado las insistentes miradas que otros hombres le habían dirigido a Carla en el restaurante, aunque ella no pareció darse cuenta de nada. Necesitaba una copa. No se le pasó por la cabeza que esa, era la peor idea que se le habría podido ocurrir.
Estaban tomando algo, ella, como siempre, sin alcohol, cuando le sonó el móvil. No tenía ninguna intención de cogerlo pero, volvieron a insistir y viendo el número, no le quedó más remedio que atender la llamada. Le dijo a Carla que tenía que salir un momento.
Carla se quedó sola. Esperaba que Diego no tardara demasiado, era consciente de que, con aquel vestido, llamaba la atención. No era provocativo, jamás se lo hubiera puesto, simplemente sugerente. Lo había comprado con Sandra en enero. Le gustó en cuanto lo vio pero, no era nada adecuado para ir a la oficina o al parque, que eran básicamente las únicas salidas que hacía. Sandra le instó a que se lo probara y luego, a que lo comprara: con aquel vestido le iba a dar un infarto a más de uno, sobretodo a su marido, por imbécil. Al final acabó comprándolo aunque, siempre pensó que el vestido no saldría nunca del armario.
Diego parecía demorarse y finalmente, otro tiburón decidió acercarse ante la posibilidad de abordar semejante presa. Diego apareció cuando Carla le decía muy seria: "Le ruego que no insista. Además, ya le he dicho que no estoy sola."
Diego sintió encenderse al ver a aquel petimetre y le dijo muy seco: "La señora acaba de indicarle que la está molestado." Tenía una pinta bastante fiera y, el aspirante se alejó rápidamente.
Carla le sugirió que deberían irse. Él estuvo completamente de acuerdo.
De camino al coche, esta vez había traído el Jaguar, le hervía la sangre con sólo imaginarla con otro hombre. Era la primera vez que la sangre le bullía de aquella forma por algo que no fuera su ambición de dinero y de poder.
Diego no se dirigió al hotel. Cuando paró el coche, Carla le preguntó: "¿Dónde estamos?"
Él respondió: "En mi casa."

Diego despertó, como de costumbre, solo en su cama. Pero, esta vez su almohada olía a ella y un "buenos días" sonó en la habitación. Carla estaba acurrucada en su butaca. ¿Ella no dormía nunca?
En esta ocasión se había saltado con ella todas sus normas pero, no le merecía la pena enfadarse. No, tras lo de anoche y, sobretodo, porque después de aquel día, ella regresaría a Londres y, simplemente, se acabó, no habría más.
Se fijó en que Carla se había puesto la camisa que llevaba él la noche anterior. Ninguna de sus eventuales amantes había hecho algo así. Él no les daba esas confianzas y, digamos que, a ninguna le había dado tiempo a ello. No le agradó, no estaba acostumbrado a que nadie tocara sus cosas pero, intentó restarle importancia.

Cuando él despertó, Carla estaba intentando poner orden en su cabeza. La pasada noche, Diego, apenas cerrar la puerta de su casa, había empezado a besarla apasionadamente. No dejó de besarla mientras la llevaba hacia su dormitorio o le desabrochaba el abrigo, que quedó tirado en alguna parte. Aquel repentino ardor la pilló totalmente desprevenida, al principio se sobrecogió pero, al final reaccionó. El abrigo y la chaqueta de Diego siguieron el mismo camino, se los quitó ella. Su vestido no cayó en el trayecto porque Diego no encontró la cremallera, camuflada en un lateral. Ya en la habitación, Diego seguía intentando despojarla de su vestido.
"Espera", le susurró ella. Necesitaba respirar. Bajó la cremallera y cerró los ojos mientras el vestido de seda se deslizaba hacia el suelo. En aquel momento tuvo la sensación de que se había desprendido de algo más que de su ropa y se sintió sumamente vulnerable. Abrió los ojos. Diego la miraba como si fuera la primera vez que la viera, se acercó a ella y le dijo: "Eres...". No continuó, como si no hubiera encontrado la palabra que buscaba. Volvió a besarla. "Única", le dijo.
"Única", recordó Carla, aquella noche había sido única. Había habido algo diferente en la forma en que él la había mirado, besado… Y ella, ella estaba de todo menos cuerda. ¿Qué iba a hacer ahora que estaba atrapada?

Carla vio despierto a Diego y le dijo simplemente "buenos días". Le hubiera gustado acercarse a él, besarle. Pero, Diego no parecía tener muy buen despertar, el beso que le había dado la mañana anterior no tuvo buena acogida. Y aquella mañana, ella se sentía frágil, sin ánimo para un rechazo.
Se dio cuenta de que él miraba la camisa. "Lo siento", le dijo, "tenía frío. Mi vestido no abriga demasiado." No creyó que a él pudiera molestarle, no después de lo que habían compartido la noche anterior. Tras ponérsela pensó en su abrigo pero, por alguna razón, no se atrevió a salir de la habitación. Se quedó pensando en la butaca.
Carla, levantándose: "Hubiera podido preparar el desayuno pero, no sé si los solteros recalcitrantes tenéis algo de comer. Además, no quería tocar nada." Estaba segura de que a Diego no le hubiera gustado que ella merodeara por la casa.
Diego no solía desayunar en casa. Estaba de mejor humor que las otras veces, le propuso desayunar fuera.
Carla: "Tengo que pasar por el hotel para cambiarme y recoger mis cosas." Ante la mirada interrogante de Diego, quitándose la camisa: "no puedo ir por ahí como Julia Roberts en Pretty Woman". Diego no parecía entender que no podía ir a desayunar vestida en traje de noche.
En ese momento sonó el teléfono. Diego cogió el inalámbrico que había en la mesita, el número era el mismo de anoche. Seguramente habían llamado al móvil, que estaba en el bolsillo de su abrigo en alguna parte de la casa y, al no cogerlo, llamaron al fijo. Al colgar le dijo a Carla: "tengo que solucionar un asunto urgente."
Parecía despedirla de su casa. Carla: "No te preocupes. ¿Puedes pedirme un taxi, por favor?"
Diego asintió. Tras la llamada le comentó que el taxi llegaría en unos minutos.
Carla se puso sus zapatos de tacón y recogió del suelo la corbata de Diego. Salió de la habitación. En el suelo estaban la chaqueta y el abrigo de Diego, más allá su propio abrigo y el bolso.
Intentó mantener la compostura. Sandra tenía razón, debía de haberse dado un golpe en la cabeza y no lo recordaba. Ella no hubiera hecho ninguna de las locuras que había cometido con él. O a lo mejor, sí era cierto que estaba desesperada y no se había dado cuenta. No, tenía claro que lo segundo no, así que, la única explicación posible era la del porrazo.
Carla se despidió con un triste: "Adiós, Diego." Él no le dio pie para nada más.
En el taxi se sintió fatal. Se iba de casa de... ¿su amante?, sola, vestida de noche siendo ya de día, sin una simple muestra de cariño como despedida, ni una palabra, ni un gesto, después de todo lo que había sentido. Al llegar al hotel y cerrar la puerta, lanzó un doloroso pero firme: "Nunca más, señor de la Vega. Lo que me profesa por las noches no me compensa por los sinsabores de las mañanas."
Aquella noche, él le había demostrado que ella le importaba, le importaba de verdad y por la mañana… Si no se entendía a sí misma, mucho menos a él. Había tenido tiempo para pensar en la butaca mientras él dormía. El hombre de las noches no tenía demasiado que ver con el de las mañanas. Lo único que se le había ocurrido para justificar sus enfados mañaneros era que estuviese arrepentido de acostarse con ella pero, no era muy plausible. ¿Qué razones podría tener él para arrepentirse? La única que parecía haber empeñado algo era ella, y había empeñado mucho, demasiado. Para lo de hoy no iba a buscar explicación, parecía demasiado evidente y no quería, no podía reconocerlo... No podía ni pensar que, después de todo, quizás ella sí habría sido una más que, tal vez, el trofeo de alcoba que nunca fue de nadie, podría haberlo sido de él. No.
Jamás debió acostarse con él la primera noche; la segunda, en su casa, con su hijo en ella, fue algo completamente imperdonable. Pero, de todas todas, podía haberse ahorrado el quedar con él este fin de semana. Debería haber venido a Madrid, resolver los temas que tenía pendientes y haber regresado a Londres.

Por su parte, a Diego no le gustó dejarla marchar así, como si la echara de su casa. Ella no se lo merecía pero, tenía que solventar algo sin demora. En cualquier caso, había decidido que esta había sido la última vez. Lo mejor era olvidarlo todo.

4 comentarios:

MaLaGuEñA dijo...

Hola!!!

Jejejeje, te escribo momentos antes de irme de clase xD.

Me ha encantado este capitulillo,ha sido precioso.Mira que es merluzo Diego.Y a ver si te hacen caso los guionistas porque el Diego de la serie me da cada vez más asco

Un beso!!

Rosa.s dijo...

Hola Katha
Me has dejado con la miel en los labios, estaba saboreando tu relato cuando..........acabo.
Estoy deseando leer la continuación.
Me parece que esta llegando la hora en la que Diego va a sufrir.......

Besos a tí y a tu pequeñin.

Rosa.s

Anónimo dijo...

Hola Khata
Me encanta que Diego tenga celos de Carla y de la admiración que esta despierta...pero más me gustará que sea capaz de reconocer esos sentimientos y que la añore por lo que aporta a su vida: alegria, buen humor y ganas de vivir.
Continua que disfruto un monton.
Aislyn

jurasic dijo...

Hola katha me he vuelto a registrar a ver si asi puedo entrar.Me ha gustado mucho este relato,pero mira que es sieso este Dieguito,ni siquiera en rosa fucsia se ssuaviza un poco ,mira que dejarla ir asi,a ver cuando empiece a sufrir si se da cuenta de lo mal que lo hizo con ella.
un beso y sigue pronto.
espero que tu peque ya coma bien.